C ANTA el silencio en la inmensa
Serenidad luminosa
Que sobre el campo reposa
Y al fondo del bosque piensa.
Canta el silencio en el alma
La gloria del mediodía,
Con tan perfecta armonía
Que no es más que luz y calma.
Canta el oro del trigal,
Canta la fuerza del roble,
Y la bondad grave y noble
Del corazón del nogal.
Canta la sazón labriega
Del rubio calor que suda,
La recia espalda desnuda
Bajo el peso de la siega.
Y lo remoto del día,
Donde parece que el cielo
Se acaba de abrir al vuelo
De un grande ángel que subía;
Y el albor con que al pasar
Perfila su ala en la vela,
Sobre la lejana tela
Que empina el azul del mar;
Y el gozo del hombre bueno
Que ganó bien su descanso;
Y el sosiego del buey manso
Que rumia, conforme, su heno;
Y el ojo del agua tersa,
Que mirando desde el pozo,
Con celestial alborozo
Se azula en la hondura inversa;
Y el sano y valiente afán
De la madre laboriosa,
Que con honradez sabrosa
Se está dorando en el pan.
Serenidad luminosa
Que sobre el campo reposa
Y al fondo del bosque piensa.
Canta el silencio en el alma
La gloria del mediodía,
Con tan perfecta armonía
Que no es más que luz y calma.
Canta el oro del trigal,
Canta la fuerza del roble,
Y la bondad grave y noble
Del corazón del nogal.
Canta la sazón labriega
Del rubio calor que suda,
La recia espalda desnuda
Bajo el peso de la siega.
Y lo remoto del día,
Donde parece que el cielo
Se acaba de abrir al vuelo
De un grande ángel que subía;
Y el albor con que al pasar
Perfila su ala en la vela,
Sobre la lejana tela
Que empina el azul del mar;
Y el gozo del hombre bueno
Que ganó bien su descanso;
Y el sosiego del buey manso
Que rumia, conforme, su heno;
Y el ojo del agua tersa,
Que mirando desde el pozo,
Con celestial alborozo
Se azula en la hondura inversa;
Y el sano y valiente afán
De la madre laboriosa,
Que con honradez sabrosa
Se está dorando en el pan.